Cuando terminé la carrera en 1978 el mayor contacto que tuve con los documentos fueron los libros de "Textos escogidos para la Historia" de Miguel Artola, o "Los documentos para la Historia de España" deValdeavellano; algunas fotocopias de textos entregadas por los profesores y algún fragmento publicado en los manuales. Todos transcritos y traducidos al español moderno. Hasta que llegué al 4º año de carrera no tuve contacto con la epigrafía, la diplomática, la numísmática y la paleografía. Por primera vez llegaban a nuestras manos fotocopias de fotos de los originales o sus litografías. Un pequeño tocho de éstas, que me entregaron el Departamento de Paleografía, lo he guardado como un pequeño tesoro y durante un tiempo creí que no iba a tener posibilidad de poseer algo "original".
Siete años más tarde comencé a investigar en el Archivo de Protocolos de Sevilla. Un inmenso almacén, ubicado en un antiguo templo existente en la calle Feria, bastante ordenado, compuesto por varias toneladas de papel garabateado por los notarios de Sevilla desde mediados del siglo XV hasta el S. XX.
Durante dos años escruté dos legajos (En realidad dos partes del mismo legajo como descubrí) del año 1472 del Notario Francisco Sánchez. Más de 1500 asientos recopilados. Con ellos hice una tesina sobre este protocolo que leí con unánime aceptación del tribunal de la Universidad de Sevilla en un calurosísimo mes de junio de 1987. Durante el tiempo que estuve investigando pasé muchísimo calor y muchísimo frío en una antigua sacristía por donde entraba el agua y estropeaba los cuadros colgados en las paredes llenas de humedad. Allí, en unas cuantas mesas de madera de comedor de estilo castellano, se destripaban los legajos de los que siempre se desprendían multitud de trocitos de papel como resultado de la acción de insectos y roedores. Aquellos legajos, llenos de marcas y firmas de los que investigaron antes en ellos, eran maltratados por cada una de las manos que los manejábamos y no por maldad sino por prisa. Por entonces algunos llevaban cámaras fotográficas y realizaban microfilmes y el departamento de Historia Moderna iniciaba un programa de fotocopiado de los legajos. Poco más se hacía para publicarlos y ponerlos al alcance de los historiadores.
También investigué en el archivo municipal de Sevilla, por cuyas ventanas se asomaba a la plaza de San Francisco. Allí si existían uno instrumentos de consulta y numerosos documentos filmados, pero, cada uno de los que investigábamos teníamos que manosear los documentos una y otra vez, medio transcribirlostos para nuestro uso personal. Los que íbamos por libre no teníamos ninguna puerta abierta para publicar. También visité el archivo episcopal y el archivo de Indias, el único organizado de verdad. En todos estos archivos un historiador podía "controlar para su uso exclusivo" un legajo durante años. Llegar un archivo y pedir un legajo era siempre una aventura. Había que cruzar los dedos y, si alguien lo investigaba, te tenías que despedir de usarlo en una larga temporada. Entrar en estos archivos tampoco era fácil; necesitabas una acreditación de un profesor de la universidad o de un investigador de prestigio. No estaban abiertos al público por razonables normas de seguridad.
En más de una ocasión me dirigí a un ayuntamiento para solicitar la consulta de algunos documentos de sus archivos, lo que dependía del favor que te quisiera hacer el alcalde, ya que no existían, en muchos casos, archivos formales. Al entrar en el almacén, digo, archivo, se te caía el alma a los pies. Muebles viejos, restos de cabalgatas, decoraciones de Navidad, material obsoleto de oficina, hasta motos se mezclaban con multitud de papeles colocados como dios dio a entender. Luego te llegaban informaciones de incendios, pillajes revolucionarios, guerras, robos, expolios, lluvias, roedores, ventas de papel al peso y el desánimo te inundaba al ver el poco respeto que los españoles tuvimos a nuestros "papeles".
En los años ochenta, años de la "movida madrileña", se comenzó, que recuerde, en Huelva y Sevilla la limpieza, ordenación y clasificación de muchos de los documentos almacenados en los desastrosos archivos municipales. Aún quedaba una asignatura pendiente, la presencia de un archivero profesional al frente.
En esos años se convocó el primer curso, tipo máster, sobre archivística respaldado por la Universidad de Sevilla. Allí, por primera vez, escuche a Dª. Antonia Heredia Herrera, directora entonces del Archivo de Indias, hablar sobre el proyecto de digitalizar los fondos de uno de los mejores archivos del mundo. A mi, que empezaba con la informática del BASIC, de los 8 bits y 64 Kb. de memoria, me parecía imposible realizarlo, sin embargo nos llevaron a una demostración en el Hotel Nuevo Lar en la que nos enseñaron un magnífico equipo que escaneaba instantáneamente y por un complejo sistema grababa en unos discos enormes brillantes y dorados la información. Era el sistema "videodisc" y la grabación digital leída con un rayo láser. Entonces lo creí.
Desde ese momento empecé a soñar en ver los archivos de protocolos digitalizados, los fondos del Archivo General de Simancas, de Salamanca, de la corona de Aragón, de los cientos de Municipios de España, de las parroquias y de los arzobispados.
Por entonces no conocía apenas internet porque no se había implantado en España como lo entendemos hoy. Aún unos años después, en los noventa, cuando empecé a usarlo era caro, muy caro y lento, muy lento. Se empezó a comercializar el sistema CDI, fantástico, pero el futuro iba a ser del CD mucho más limitado pero apoyado por multinacionales poderosas. Tanto el primitivo proyecto de “videodisc” como el CDI se fueron al traste, a cambio de eso, el CD se popularizó, se abarató, apareció el CD-R y sirvió de herramienta de primer orden para compartir cosas.
A partir del nuevo siglo comencé a descubrir las bibliotecas digitales y los primeros documentos en la red. Sentí un gran placer. Así como lo leen, un verdadero placer a la vez que una desazón ante la ingente cantidad de documentos que existirían en la red y como localizarlos, al tiempo que comprobaba la lentitud de la digitalización de los archivos y bibliotecas históricas españoles
Hace pocos años llegué navegando a mi primer archivo español con fondos medievales y modernos completamente digitalizado y me pareció que me hubiera tocado la lotería. No tener que desplazarme, gastar tiempo de mi familia, dinero, etc., para hurgar a quinientos kilómetros de distancia, era una bicoca.
Recientemente he consultado documentos importantes y colecciones interesantísimas en EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Italia, España y supongo que los habrá en otros países. Estos descubrimientos me pusieron la cara del que anunciaba que no era tonto por comprar en un "market" de electrodomésticos. Así que, ni corto ni perezoso me he propuesto dar a conocer los sitios documentales y documentos que vaya localizando así como ejemplares de las colecciones, archivos, fundaciones, universidades, etc.
Y al final de todo esto he llegado a una conclusión. Si tenemos en cuenta lo que yo estudiaba, los libros monográficos, los manuales, todos ellos caros y limitados y el poco contacto con los documentos originales, el nuevo estudiante de historia, (sin recursos para viajar y pagarse largas estancias en el extranjeros o fuera de su provincia) no debe limitarse exclusivamente a hacer historia del rincón de su pueblo, que también, sino que puede aspirar a consultar los originales de documentos importantísimos en otros países sin moverse de casa. Así pues, ahora no hace falta tanto manual y sí más conocimientos de idiomas.
El nuevo historiador (especialmente si se dedica a la historia de España) debe saber más de tres idiomas. En la carrera se debería de estudiar idiomas prácticos a nuestro interés de historiadores, tales como el ruso, alemán, holandés, italiano, portugués, catalán, vasco, occitano, latín y ¿por qué no? árabe. Se imagina los tesoros sobre al-Andalus que debe haber en Marruecos llevados por los moriscos expulsados, o sobre nuestra presencia en el Mediterráneo en Túnez, Argelia, etc. ¿Qué es lo que habrá en los archivos áraboescritos que aún no ha salido a la luz? Y, el día que salga a la luz de internet ¿Dónde vamos a estar los españoles? ¿Qué hay en los archivos soviéticos sobre nuestra guerra civil, la División Azul, el franquismo, la transición, el Partido Comunista de España?. Qué pena no saber ruso. ¡De verdad! Y no olvidemos la progresiva apertura de los archivos eclesiásticos a la red.
Es la hora de abrir los archivos mediante los e-archivos y de convertirlos en verdaderamente democráticos para los que, siendo pobres de pecunio y sin tener en cuenta el origen y condición, deseamos investigar y no podemos pagarnos viajes o no tenemos relación con la universidad.
¿Para cuando una ley de la UE obligando a todos los estados a digitalizar sus fondos históricos y ponerlos a la consulta pública? ¿Por qué se sigue restringiendo la consulta y lectura de algunos fondos sólo a las universidades o entidades y no a los particulares? Quizás nos hace falta un “wikileaks” de la historia de los siglos pasados.